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En 1952, en Whitier (California) había sucedido algo importante: el señor Robert Hutton, estudiante genial de la ciencia balística, había diseñado un cartucho cuya bala medía sólo dos centímetros y medio de larga y cerca de medio centímetro de diámetro. Es decir, muy pequeña y muy ligera. En seguida la había vendido a la Remington (empresa famosa por las máquinas de escribir, las navajas de afeitar, y las armas que desde los tiempos de la Guerra Civil Norteamericana fabricaba en Bridgeport en Connecticut) y había nacido la 222 Remington: maravilla que había tenido un éxito fulgurante entre los apasionados de la caza al ciervo, al zorro, a los perros de la pradera, y sobre todo a los coyotes que en aquel país son muy odiados porque atacan a los rebaños. Por la misma época, el señor Eugene Stoner, ecléctico ingeniero aeronáutico y sincero admirador del Kalashnikov, había diseñado un fusil de tres kilos, es decir, bastante menos pesado de lo habitual y capaz de disparar en ráfaga. En seguida lo había vendido a la ArmaLite de la Fairchild, y había nacido el AR-10: obra maestra perjudicada por el hecho de que se cargaba con un cartucho que no era ni pequeño ni ligero. Es decir, con la 7,62 OTAN: hija de la 7,62 del Garand, hermanastra de la 7,62 del M-14, que era un Garand reducido a seis kilos, y prima de la 7,62 que los soviéticos habían logrado acortar sus buenos doce milímetros para adaptarla al Kalashnikov. (En efecto con el cartucho la 7,62 OTAN pesa sus buenos veintitrés gramos coma noventa y cinco. Mete trescientas o cuatrocientas en el morral de un militar ya de por sí cargado y verás qué blasfemias al cabo de medio kilómetro.)

Pues bien: precisamente cuando la 222 Remington empezaba a hacer estragos entre los coyotes y el AR-10 estaba a punto de pasar a la producción, el Departamento de Medicina de la John Hopkins University de Baltimore había llevado a cabo una investigación sobre la mortalidad de las armas portátiles y había sacado la conclusión de que en la batalla el número de muertos es proporcional al número de tiros disparados. En otras palabras, que lo que mata más enemigos no es el fuego de puntería sino la abundancia de los disparos. Y esa tesis no había gustado a los altos oficiales del Pentágono, que habían reaccionado respondiendo no!, el fuego de puntería, precisamente el fuego selecto es el que mata: un buen soldado no desperdicia balas. En cambio había fascinado a cierto general Wyman, comandante de la Escuela de Infantería, que había deducido de ello un razonamiento evidente:

«Si el Departamento de Medicina de la Johns Hopkins tiene razón y lo que mata a más enemigos es la abundancia de los disparos, para ganar una batalla o cualquier choque hay que disparar o mejor dicho desperdiciar el mayor número posible de balas. Para disparar o mejor dicho para desperdiciar el mayor número posible de balas hay que llevar grandes cantidades en el morral. Luego se necesita una bala muy pequeña y muy ligera acoplada a un fusil bastante menos pesado que los otros. Después había llamado a las diversas fábricas de armas, había descubierto que, gracias al señor Stoner y al señor Hutton tal fusil y tal bala ya existían, se había puesto en contacto con ambos, les había pedido que adaptaran el AR-10 a la 222 Remington, la 222 Remington al AR-10, y los dos habían vuelto al trabajo. El AR-10 se había convertido en el AR-15 y la 222 Remington se había convertido en la 223 Remington de cuatro centímetros y medio de largo con el cartucho, dos centímetros y medio sin cartucho, es decir, con la bala sola, y que pesaba sólo doce gramos. (La bala sola, apenas tres gramos coma seis, es decir, cincuenta y cinco granos.) Unos meses después se había cedido la patente del AR-15 a la fábrica Colt, madre ilustre del Colt 44 usado por los yanquis en la Guerra Civil así como del Colt 45 usado por el general Custer en las incursiones contra los sioux. La de la Remington 223 se había cedido a la Winchester (insigne progenitora del Winchester 73, usado por los pioneros de la conquista del Far-West) y el mágico binomio se había materializado con los nombres de M16 y 5,56. Y ahora viene lo bueno.

Viene porque en 1961 el presidente Kennedy había dado el visto bueno a la intervención americana en Vietnam y había equipado al ejército sudvietnamita con los M-14 y las 7,62 OTAN, y porque tanto en estatura como en complexión los soldados sudvietnamitas eran tan pequeños transportando seis kilos de M-14, más siete kilos de 7,62 OTAN, es decir, un mínimo de trescientos cartuchos se cansaban mucho. Cansados disparaban peor de lo habitual y en vez de matar a los del Vietcong se dejaban matar por ellos. Conque el problema había acabado en manos del ministro de Defensa Robert Strange McNamara y de sus consejeros: un grupo de tecnócratas diplomados en Harvard y llamados muchachos astutos, witty-boys. Seducidos por el mágico binomio, los witty-boys habían aconsejado a McNamara que se lo recomendase al presidente.

Seducido por ellos, McNamara había ido a ver a Kennedy y le había dicho más o menos así: «Señor presidente, le recuerdo que un M-16 pesa apenas tres kilos, y trescientos cartuchos de 5,56 apenas tres kilos seiscientos. Hasta un soldado no robusto puede llenarse el morral con ellos. Ésta es una ocasión excelente para poner a prueba la tesis de la Johns Hopkins University.» Kennedy había respondido que de acuerdo, la Colt y la Winchester habían suministrado con mucha rapidez diez millones de 5,56 y mil M-16, y el 9 de junio de 1962 se había hecho la prueba. En alguna jungla o arrozal del Delta una patrulla de Rangers sudvietnamitas había chocado con el enemigo, sin apuntarles habían volcado encima un diluvio de balas, y algunas habían llegado a su blanco matando a cinco vietcongs. Entonces habían llevado a Saigón los cuerpos de esos cinco para hacerles la autopsia, es decir, la prueba, y el resultado de dicha prueba se encuentra en la detalladísima investigación que hizo el estudioso de armas Edward Azelí: al Vietcong alcanzado en los pulmones le había explotado la cavidad torácica, al alcanzado en el vientre le había explotado la cavidad abdominal, al alcanzado en el pecho le había explotado el corazón, al alcanzado en el trasero le habían explotado las nalgas y los genitales, y el alcanzado simplemente en un pie había muerto desangrado. Un triunfo. Por algo, diecisiete días antes de ser muerto a su vez por dos balas, es decir, dos disparos de Carcano-Mannlicher 6 coma 5, Kennedy había autorizado a McNamara a que pertrechara con M16 y 5,56 al ejército sudvietnamita y al ejército americano. McNamara se había apresurado a obedecer, y en los años siguientes el mágico binomio no había cesado de cubrirse de gloria. Centenares de miles de cadáveres sembrados en Vietnam, en Laos, en Camboya y poco a poco también en América Latina, en América Central, en África, en el Oriente Medio: dondequiera que hubiese que rivalizar con el Kalashnikov y con la 7,62 soviética. Y si el Kalashnikov estaba mucho más difundido porque los países comunistas lo vendían por un precio ridículo a quien lo deseara mientras que para comprar un M-16 había que recurrir al mercado negro o a los israelíes, es decir, pagarlo muy caro, pues paciencia, si el prestigio del Kalashnikov seguía inalterado y si en una ciudad como Beirut lo tenían todos mientras que el M-16 lo tenían sólo los militares de Gemayel, pues paciencia ¡El M16 disparaba la 5,56, no la 7,62 Soviética! ¿Quién iba a comparar la 7,62 soviética con la 5,56? Los propios soviéticos estaban tan prendados de ella, que en determinado momento habían logrado copiarla al parecer o mejor dicho perfeccionarla para utilizarla en Afganistán.

En una palabra, en el cosmos de las balas ninguna podía competir con el mortífero balín diseñado por el señor Hutton para la caza de los coyotes y gracias a los witty-boys de McNamara adoptado por Kennedy para la caza al Vietcong y por los soviéticos para la caza a los mujaidines. Y los motivos son los siguientes. Para empezar, la velocidad de novecientos metros por segundo, es decir, tres veces la velocidad del sonido. Milagro debido a la pequeñez y la ligereza, es decir, a la masa que altera la relación con la carga del arranque y al alterarla aumenta la potencia de la propia carga. Después, el alcance de tres kilómetros y medio: portento debido al milagro antedicho así como a la desenvoltura con que la pequeña asesina se atornilla durante el vuelo. Por último, la inteligente perfidia: característica bien demostrada el día de la prueba en los cinco Vietcong y debida al retraso del baricentro respecto de la punta. En efecto, a causa del retraso del baricentro su equilibrio es muy precario. Al menor obstáculo pierde la disposición, es decir, la inclinación con la punta hacia delante, y al chocar con el cuerpo humano, es decir, con el blanco anhelado no se limita a entrar en él. Con maligna sabiduría gira como una veleta en él, se da la vuelta, rebota dentro de él haciendo cabriolas alegres, y en lugar de provocar un agujero correspondiente a su diámetro de cinco milímetros con seis hace desgarrones en la carne del tamaño de su longitud. La rasga, la destroza en un volumen de casi cinco centímetros cúbicos, con lo que en pocos minutos la víctima muere desangrada aunque no haya sido acertada en un órgano vital. (El ejemplo del Vietcong alcanzado en el pie.) El único defecto, después del primer medio kilómetro su velocidad disminuye en doscientos sesenta metros por segundo, y superando el primer kilómetro su energía se atenúa pero aún así a los 3000 metros todavía puede ser mortal.