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La munición para las armas cortas modernas salió a la luz con el cartucho del .22 corto de ignición anular, desarrollado por Smith & Wesson en su modelo No.1 First Issue Revolver: la primera arma corta fabricada en Norteamérica que utilizó el tipo de cartucho metálico que sigue usándose en la actualidad. El cartucho de ignición anular era mucho más seguro y más fiable en los revólveres que otros dos: el de percusión, de bala y Casquillo, y el cartucho de percutor de Lefaucheux, diseñado por Houiller en 1836 y que se utilizaba mucho en Europa.

La ignición anular emplea un anillo de una mezcla detonante que va en el culote cerrado de la vaina, que hace explosión cuando un golpe al culote lo aplasta, dando luego a su vez a la carga principal de propulsión. La idea tuvo origen en una patente francesa de 1831, en la que la mezcla detonante cubría todo el interior del culote del cartucho. El cartucho Smith & Wesson de ignición anular se desarrolló a partir del casquillo flobert BB de 1845, un cartucho muy poco potente que se usaba para prácticas de tiro al blanco a poca distancia en interiores.

Sin embargo, a los diminutos cartuchos del .22 RF les faltaba potencia. Con una bala de 29 granos sólo desarrollaban una energía de 40 pies/libra, por lo que pronto fueron superados por calibres de ignición anular más grandes, que llegaron a 0,50 pulgadas para utilizar en las pistolas de un solo disparo y a 0,44 para revólveres. Desgraciadamente, los casquillos de ignición anular son intrínsecamente débiles, porque tienen que ser lo bastante finos como para que puedan ser aplastados con la fuerza suficiente para dar fuego a la mezcla explosiva; por ello son inadecuados para la munición de alta presión. Esto llevó pronto a la producción del cartucho de ignición central, que tiene una gruesa vaina de latón que lleva embutida una cápsula central de percusión que da fuego a la carga. Aparte de los cartuchos del .22 de ignición anular que aún se utilizan, la ignición central es, en la actualidad, el diseño universal para toda clase de munición moderna de armas cortas.

Los primeros cartuchos de revólver se emplearon en armas cortas con cilindros de orificios paralelos; lo que significaba que la bala y la vaina tenían que ser del mismo diámetro que el cilindro del tambor que, a su vez, tenía el mismo calibre que el cañón. Las balas de este tipo, que se llamaban "de talón" o "lubricadas exteriormente", se sujetaban a la vaina mediante un pequeño pliegue en la base, dejando al aire el proyectil con su capa lubricante; este diseño se sigue conservando actualmente en los cuatro cartuchos de ignición anular del .22. Allá por la época en que entró en escena el Peacemaker de Colt de 1873, los cartuchos se habían perfeccionado para incluir las ranuras de engrase de la bala y la superficie de frotamiento, que va 'mordiendo" en el rayado del cañón. Smith & Wesson abandonaron el cartucho norteamericano de talón del .44 por el ruso del mismo calibre que, al final, se transformó en el cartucho del .44 que se puede encontrar hoy. Los cilindros del tambor de los revólveres en aquel tiempo eran escalonados, para poder admitir vainas de mayor tamaño con forma puntiaguda hacia adelante, para garantizar la estanqueidad de los gases al impulsar estos la bala en el momento del disparo. Las vainas tenían un sólido reborde, que impedía que el cartucho se deslizase hacia adelante en el cilindro y daban un punto de apoyo a la cabeza. Las balas se seguían haciendo de plomo, sin camisa de metal, ya que las bajas velocidades de la munición de arma corta de 600 a 900 pies/segundo (entre 183 y 274 m/segundo) hacían que no quedara un sedimento significativo de plomo en el canon.

El desarrollo de las pistolas semiautomáticas a partir de 1890 fue precedido por la introducción de los propulsores de alta presión sin humo. Las armas automáúcas funcionaban mejor con munición de pistola sin reborde, que podían ser de lados paralelos o con cuello de botella, con un reborde hundido o ranura extractora, para que el extractor pudiera sujetarlos durante el fuego y el ciclo de disparo. Se hicieron necesarias las camisas metálicas para las balas, para evitar la acumulación de plomo en el cañón. La Convención de La Haya sobre derechos bélicos proscribió, en efecto, el uso de plomo desnudo en la munición reglamentaria, incluso en la de baja velocidad; y en la munición militar para las armas cortas se hizo corriente una camisa metálica de acero o de cobre. En la época en que comenzó la Primera Guerra Mundial, ya se habían consolidado los principales calibres para pistola de repetición y revólver y muchos "nuevos" calibres posteriores no fueron más que versiones alargadas y reforzadas de los anteriores. Los dos calibres de arma corta más extendidos hoy el 9mm Luger para pistola y el de 0,38 pulgadas especial de Smith & Wesson para revólveres, aparecieron cada uno por su lado en 1902.

Hasta la segunda mitad de este siglo no se han desarrollado algunos nuevos calibres importantes.